Nos encontramos ante un escenario singular e insólito marcado por la dureza y la necesidad de establecer de cambios, en al menos, algunos aspectos de nuestra vida.
Es lógico pensar que una pandemia como la que azota al mundo actual debido a la COVID-19 sólo acarrea tragedia y sufrimiento, y para muchos individuos, por no decir la mayoría, ha sido así. No obstante, afloran narrativas sobre vivencias compartidas en las que se manifiestan los “beneficios”, más o menos conscientes, derivados del confinamiento. Albert Einstein aseguró que “la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y los países, porque la crisis trae progresos”.
Sabemos que el ser humano se construye en base a la relación con el otro y que se encuentra inmerso en un sistema relacional en el que su subjetividad entra en juego en las interacciones con su entorno social. Este desafío, tan sencillo y tan complejo, genera experiencias dispares en las que las relaciones interpersonales pueden tornarse satisfacción o sufrimiento.
Centrándonos en la situación que nos está tocando vivir y desde la experiencia del CRL de Arganzuela, centro gestionado por la Fundación El Buen Samaritano, hemos tenido que adaptarnos a marchas forzadas, individual y profesionalmente, para integrar, aún más si cabe, el uso de las nuevas tecnologías en nuestra práctica diaria y gestionar la incertidumbre de un futuro más incierto.


Las nuevas formas de estar con el otro a través del teléfono, los chats, el correo o las vídeo llamadas, han estado siendo vividas de forma muy dispar. Para algunos con tristeza, por la privación del contacto físico y la añoranza de cercanía que conllevan las nuevas tecnologías. En cambio, para las personas que tienden a sentirse incómodas e inseguras en las relaciones personales, el establecimiento de una mayor distancia, la reducción de estímulos estresores externos, la permanencia en un entorno seguro o la posibilidad de ocultar la imagen tras una cámara, han constituido una fuente de alivio.
Aprender el manejo de nuevas herramientas informáticas y su integración en los recursos de rehabilitación, ha sido todo un reto tanto para las personas atendidas como para el equipo profesional. Se ha podido observar que el aprendizaje y la adaptación al uso de distintas plataformas de video llamadas, ha supuesto un mayor desafío a nivel técnico en aquellas personas en franjas de edad más avanzadas, así como en los hogares con menores recursos económicos, propiciando un mayor riesgo de aislamiento en colectivos más vulnerables. Paralelamente, nos complace descubrir que estas personas han mostrado una actitud proactiva y verbalizado un sentimiento de gran satisfacción ante los logros de conseguir manejarse en un mundo que hasta ahora les era totalmente desconocido y complejo. Paradójicamente, en las franjas de menor edad, se observa una actitud resistente y negativa hacia su uso, posiblemente por la preocupación a cómo serían vistas por los demás, al rechazo de la propia imagen o el temor a poder ser vigiladas u observadas. No deja de llamarnos la atención ésta respuesta dado que rompe con nuestras expectativas de un mayor uso y dominio de las mismas por pertenecer a una generación que ha nacido con las tecnologías bajo el brazo, como suele decirse.
Otro cambio a señalar es cómo las video llamadas han facilitado el establecimiento de intervenciones más horizontales. Tanto a nivel individual como grupal, nos han permitido adentrarnos en los hogares de todos y todas y mirar como por una rendija, pudiendo descubrir cómo son las casas, las familias, el vestuario informal… tornando un clima más cálido y cercano en las conversaciones.
Previo al confinamiento, era frecuente escuchar narrativas sobre la presión sentida por “tener o llevar una vida normal”. Sin embargo, algo que nos ha traído la pandemia por desgracia, ha sido una cierta equiparación en la vida de la gente, ocasionando pérdidas de aspectos personales y/o materiales valiosos y relevantes. El cese o la disminución de la actividad laboral, la imposición de permanecer en el domicilio, la imposibilidad de disfrutar presencialmente de los amigos, la pérdida de rutinas que favorecen el sedentarismo y descuido de la imagen, son aspectos sin duda muy perjudiciales para el ser humano, pero como dice el dicho “mal de muchos, consuelo de todos”, que no “de tontos”, y es que situaciones habituales motivadoras de conflicto o vergüenza, de repente se tornan “normales” o “tolerables” en las familias y en los individuos.
En contraposición, encontramos personas que han manifestado una fuerte sensación de vacío ante la percepción de pérdida de su única red de apoyo con la que mantienen un contacto físico regular, habiendo sido las redes sociales virtuales insuficientes.
En definitiva, la idiosincrasia del ser humano es inmensa, sin poder establecer generalidades sobre si las redes sociales virtuales nos han unido o separado.
La privación de libertad, nos ha hecho reflexionar sobre la adaptabilidad del ser humano, nos ha ayudado a ser más conscientes, o al menos con un sentir más intenso, sobre la dureza de los ingresos hospitalarios como única alternativa de tratamiento ante casos de extremo sufrimiento. Cuántas veces hemos escuchado recientemente en nuestro entorno de forma repetida, el deseo de dar un paseo sin horarios, de visitar seres queridos o saborear una caña en un bar, procediendo estas demandas de personas con recursos suficientes para estar conectados a través de Internet, con sus necesidades básicas cubiertas, con acceso a medios de entretenimiento o con compañía en sus domicilios.
Sin ánimo de caer en tópicos, y sin entrar a juzgar las condiciones de cada individuo, admiramos todavía aún más, a todas aquellas personas que han tenido la fortaleza suficiente para hacer frente a ingresos psiquiátricos donde se es privado de todo tipo de estímulos y con la misma incertidumbre que nos reconcome estos días sobre la duración del encierro. 

En conclusión y para cerrar, volvemos al inicio de este texto resaltando que el ser humano es un ser social, que necesita del otro, necesita ver y ser visto. A pesar del alivio que pueda proporcionar el confinamiento por la reducción del contacto social y de la presión por ser “como los demás”, no debemos olvidar que ahí reside el peso de la rehabilitación, en apoyar la integración comunitaria, la recuperación de un proyecto de vida, la diferenciación respecto a las familias de origen y en no volver a vernos privados de libertad, por decisiones médicas o pandemias.


Gema Herradón Parra (Coordinadora) 

Adriana Sobrino Bazaga (Psicóloga)


Equipo Centro de Rehabilitación Laboral Arganzuela. Gestión Técnica, Fundación El Buen Samaritano

 

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